Emily

Emily era una hermosa niña de 12 años, su cabello dorado se ensortijaba cual retamas de hiedra en su cabeza. Escondía así sus tristes y celestiales ojos verdes. Nostálgicos por momentos cuando recordaba el fallecimiento de sus padres. Y sin embargo se mostraban decididos para sacar adelante su casa y a su pequeño hermano John, de tan solo 5 años.

No tuvo tiempo de llorarlos, su anciana abuela que yacía en la cama enferma, le instó en aquellos trágicos días a continuar con la labor de su madre. Recoger frutos, semillas y elixires de las flores, en el bosque. Luego con las comandas de la abuela preparaba: ungüentos, jarabes y remedios para que Emily los canjeara en el mercado de la ciudad por alimentos y enseres.

Sus únicos momentos de paz, los pasaba en el bosque, cuando observaba el comportamiento de las aves o insectos para seguir sus rastros hacia las flores más preciadas. En su casa no descansaba, tenía que enseñar a su hermano además de a limpiar, a reparar y a recoger. Pasó así tres años de su vida y en las últimas fechas sumó a ello, el cuidado de su abuela que ahora  sepultaba en aquel hoyo. Sin funeral, ni familiares a los que llamar. Ocultó así, el suceso a las autoridades, para seguir estando de esta forma junto a su hermano. Nadie los separaría. Era su única familia, su único amor, él y los pájaros del bosque. A los que pedía, en aquel desolador momento ayuda, con silbos y llantos apagados.

Allí en un claro del bosque, de rodillas y abatida, sollozaba. Buscando fuerzas para realizar bien las tareas. Rezaba para dentro, miraba hacia arriba y rascaba la tierra  con sus uñas descuidadas. Entonces escuchó una dulce voz que le instaba a seguirla. Era un merlín cantor, un pájaro colorido que emitía bellos sonidos, inaudibles para el humano. Pero por alguna extraña razón, conectó con él y comenzó a seguir sus instrucciones.

El pájaro la llevó a una cueva, Emily se deslizó por ella, gateó por un estrecho túnel siguiendo la voz. Este parecía no acabarse, se volvía cada vez más estrecho y oscuro. Pero decidida, sin miedo y sin nada que perder, continuó. Gateó y gateó con más fuerza cuando atisbó al fondo una pequeña luz. Encontró entonces una gran bóveda celestial, llena de flores mágicas y de otros pequeños seres que eran como ángeles para ella.

Aquellos seres del bosque enseñaron a Emily todos los secretos de las plantas, cómo sanar, ungüentos crecepelos, fórmulas fortalecedoras para los débiles y quitamiedos para los niños. Entre otras muchas más.

La curandera

Cada mañana acudía allí desde muy temprano a elaborar sus milagrosas pócimas y recibir nuevas enseñanzas. Luego antes del mediodía, recorría las calles del pueblo y vendía sus elixires. Éstos ya no llegaban al mercado.

La fama de sus milagrosos remedios era cada día mayor y la gente se aglutina en la entrada del pueblo a esperarla.

Así pasaron los años y ya con la mayoría de edad, Emily desveló la muerte de su abuela sin temor a que la separaran de su hermano. Ya no escondía su belleza y sus ojos resplandecían de amor. Un amor que había llevado siempre dentro. Y que gracias a la ayuda de los seres del bosque, había encontrado el camino interno que abre el corazón. Y transmitía ese amor en sus remedios y en su mirar. También entendió el proceso de la vida y la muerte. Entendía que todo era parte de un aprendizaje y que había que agarrarse a la vida disfrutando cada momento. Sintiendo las penas y las ausencias pero dejándolas partir. Sentía el amor en cada flor, en cada rayo de luz, en cada mirada e incluso en la oscuridad de la noche.