Cruce Astral , 2ª Edición. (página 113-115). Ayahuasca

Ayahuasca

Nuestra preparación estaba siendo tediosa, parecía a veces que era un retorno al instituto. Clases sobre minerales, me encantaba llevarlos encima y meditar con ellos, sentía su vibración. Lo que no soportaba era tanta teoría, la labradorita la piedra del mago equilibraba todo tu ser, la amatista clarificaba tu mente, los cuarzos rutilados potenciaban tu salida al astral. Mi favorita era la shungit, un mineral hallado en  minas rusas que contenía una sustancia llamada furenelles, con gran poder regulador del cuerpo, usado como protección ya que se dice que es el agujero negro. Absorbe todo lo negativo, su color es oscuro, un negro azabache intenso, me encantaba llevarla colgada al cuello.

Era mi aliada, le labré una pintadera* y otros símbolos que me venían a la mente, le añadía más poder. Esto junto con las pulseras de cuarzos, lapislázuli y amuletos indios que me hacía mi compañero, me hacía parecer más un hippie que un soldado. Eran mi única llamada de rebeldía o inconformismo que podía mostrar con la situación. Las clases sobre plantas y psicodélicos no resultaban mucho más divertidas, como extraer el DMT que poseen todos los seres vivos, sobretodo ciertas plantas. Realizar preparados para inducir a potenciar las células dormidas del cerebro. Flores de Bach y sus remedios, o los libros druidas,  llamaban  mi atención por la similitud de sus fórmulas, con costumbres de mi abuela, me recordaban a ella, Juana siempre tenía su Artemisa, lavanda, menta, pasiflora o muérdago, realizaba con sus plantas infusiones, en ocasiones hacía bolsitas de protección que ponía por las esquinas de la casa.

 

Las sesiones de mantras y meditación con sonidos, mándalas, mudras e hipnosis, eran otra cosa. Cada vez dominaba más mi mente, conseguía pararla y me proyectaba a los lugares seña-lados, contemplando su belleza. Me encantaba la sensación de volar sobre grandes ríos, rodeados de acantilados de naturaleza salvaje, recorrer el mundo bordeándolo desde el espacio donde todo parece pequeño, bajar a un punto que me llamaba la atención y proyectarme en él. Sentirme allí flotando libre, sin ataduras, sin vigilantes, sin reloj que mirar. Sintiendo, para mí era mi salvavidas, el sentir, percibir luego el olor, los colores  brillantes. A veces percibía hasta pequeños hilos de energía que salían de animales y plantas, uniendo todo tal como un telar o como la araña teje su trampa. Quizás todos estuviéramos unidos en una red invisible, esta comunica y equilibra el planeta. O tal vez seamos víctimas de una gran araña que nos atrapó en su red y se divierte con sus víctimas. Como juguetes examinando su devenir. Sentía más lo primero pero en ese no cuerpo, en ese no espacio, no reglas, no límites. Ahí no pensaba, me despreocupaba todo. Era libre, más libre de lo que me había sentido nunca y lo apreciaba porque mi yo estaba más preso entonces que en la cueva de la legión. Esos momentos y los de Reiki, masaje japonés y yoga, pasaron a ser mis favoritos.

Cada vez sentía más control de las emociones, de mi cuerpo, de manejar el aire a través de cada poro de la piel y llevarlo a donde quisiera. Comencé a ver la energía con los ojos del cuerpo. No sé si la imaginaba o simplemente siempre había estado ahí, pasando inadvertida a mi atención. Las sesiones de tiro, camuflaje y artes marciales que antiguamente habrían sido mis favoritas, más físicas, más sudorosas y devastadoras. Ya no me llamaban tanto. Quién lo diría con lo que me gustaba a mí un reto, una confrontación, un partido.

 

Se presentó entonces en el campamento un anciano indio, con telas multicolores, un gorro como los antiguos incas y un sonajero o algo similar. Tindaya estaba entusiasmado con su llegada. Un gran sabio dijo, nos hará el ritual del corazón. Nos presentaron, el señor me abrazó con cariño. Ya no recordaba esos gestos, tenía ganas un día de abrazar así a mi familia otra vez, se tiró al suelo y me beso, abrazándome los pies.

 

Yo me agaché para levantarlo, lleno de vergüenza. Él dijo:

—Me llamo Guantapelc, mi alma saluda a tu gran alma sabia, donde otros ven un cuerpo yo veo a un ser.

—Trato de aprender Guantapelc pero de momento soy preso de esta situación—sonreí mientras abrazaba al viejo.

—Todos somos presos, hasta liberar a nuestro niño interior, tenemos que quitarnos las caretas y salir de la película para volver a la verdad. Yo veo tu ser, tus guías y tu camino es tortuoso porque tu destino es valioso para El Creador, para el Gran Espíritu.