Previas de novela

Previa capítulo 1 , El Vuelo del Cernícalo.

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Nuevamente se encontraba a las puertas de la novena esfera, el último eslabón de la pirámide del sueño. Los colosales lebrijes andaban al acecho, se mostraban en la distancia, impacientes, esperando arremeter contra su presa. Llevaban siglos de aburrimiento, milenios de desidias, escasos eran los guerreros que salían de la matrix y ascendían a sus murallas. El niño caminaba impávido, sin temor alguno, como si de un nuevo juego se tratara. Su sonrisa escapa en luces multicolores de su ser, seguro y confiado. Tiempo atrás estuvo ante ellos como hombre, como guerrero nahualt sin compañera, lleno de un ego que le confesaba poseer una fuerza imparable y se quedó entonces pasos atrás, tratando de analizar la situación. Aquel día observó cómo su deseo astral de visitar Machu Pichu le llevó al auténtico significado arquetípico de la palabra y subió peldaños para los que no estaba preparado. En ese señalado momento, su coraje inagotable enmudeció, al verse en aquellas ruinas desconocidas del interior de la Tierra. Allí sublime y majestuoso,  un gigantesco pterodáctilo destruía con su pico grandes rocas, lucía una cola serpentina inapropiada para ese tipo de animal extinto. Obstaculizaba la entrada a ese lugar desconocido. Encima de la puerta un león teñido en fuego cual dragón, portaba alas de mariposa emitiendo ondas de temor .Su mente analítica entró en aquel momento en juego y paralizado perdió la imagen, se le desvaneció. Comprendió que estaba ante las esfinges, llamadas así por los egipcios, lebrijes para los maestros del sueño maya. Dudó en cómo reaccionar porque él volaba sin pareja de sueño y aun así  ¿Qué sortilegio le llevo allí? ¿Habría agotado mucha energía para subir a esos lares? Las dudas le invadían, no se sentía preparado entonces. Los relatos señalaban que ese era el último reducto de ascenso de un Tolteca , solo los maestros acompañados de una fémina versada en los secretos del sueño, como las antiguas sacerdotisas del templo de Hator podría llevarlo hasta allí y mantener la fuerza de los cuerpos en vigilia. Corrían ambos el riesgo de ser destrozados por los guardianes, era el lugar de mayor peligro del mundo onírico, si el cuerpo etérico sucumbía las repercusiones físicas serían calamitosas. No se trataba de juegos y pequeñas luchas contra vampiros energéticos o seres de baja densidad, no le servirían sus trucos y sortilegios de mago. Ni las invocaciones de espadas o animales de poder. Esta vez solo sentía que la verdad de poseer el amor incondicional era el único pasaporte para esa puerta. Y sucedió lo que tenía que pasar. Se despertó bruscamente en su cama, se cercioró de que su cuerpo estaba bien, miró alrededor encogido, lamentando no haber tenido la suficiente hombría para afrontar el reto que le había deparado el destino. Un regalo enorme que quizás no volviese a tener. Durante días se lamentó y a la vez se mostró más cauteloso en sus viajes.

Pero esta vez se presentaba sin dudarlo, por voluntad propia, equilibrado. Si alguien observaba la escena diría que más pequeño y frágil, pero solo en apariencia, lo que llevaba dentro era amor puro. Iba desnudo, gotas de rocío simulaban rodar por su piel dorada, como un oro que deslumbraba geométricas formas sagradas. Sus pasos se aceleraban al acercarse a los pertrechados. Éstos adoptaban posturas de guardia y ataque. EL rubito sin embargo daba la impresión de salir a jugar al patio de primaria tras el deseado toque de campana. ¿Vería a aquellos seres como simples peluches gigantes? ¿Querría pedirles que jugaran con él?

Su avance continuaba dejando huellas de ninfas a su paso, sin detenerse el infante lucero movió con decisión su mano al pecho y arrancó de cuajo su corazón. Prosiguió el paso con la ofrenda en la ma

no palpitante de frecuencias mágicas. Desprendía arcoíris rítmicos en su andar y sin pensamientos lanzó su preciado tesoro al interior de las puertas. La onda expansiva derribó a los benévolos monstruos y accedió al interior del templo donde los jueces le esperaban con la balanza en una gran mesa ceremonial de oro y lava.

Maat dejó caer su pluma, ligera, movida por finas partículas de polvo de aire, dibujó un grácil movimiento y se posó en el plato derecho del artilugio de Toth.