Cuentos de Consciencia

Semillas Estelares

Los niños discutían en el patio del colegio, la maestra desde lejos se percató de aquello y se dispuso a poner paz entre ellos. La disputa que en principio empezó como todas, por una simpleza, se había acalorado. Pues los niños del aquel colegio del Sur eran de muchas nacionalidades distintas y empezaron a agruparse, en la discusión, que tornaba en pelea por medio de esas alianzas. Los niños ya no escuchaban razones, ni ideas, sino se ponían en un bando u otro; en razón de su pelo, habla o color de uñas. La profe al ver que se les iba a ir de las manos; ordenó a todos, subir un momento antes a clase.

Simulando estar muy enfadada, les invitó a sentarse y  bajando el tono de voz, dibujó un círculo gigantesco en la pizarra. Lo completó con un árbol dentro, este ocupaba con sus raíces, tronco, ramas y hojas casi la totalidad del círculo. Los niños quedaron absortos mirando el círculo y el árbol tan fuerte y frondoso que la seño había dibujado. Les agradaba, daba igual su raza, religión o idioma a todos esos niños les encantaba el dibujo del árbol.

Entonces la maestra empezó a contarles una historia muy antigua.

El Cuento

–Hace miles de años, cuando todavía los hombres no estaban sobre la Tierra, creció en ella un gran árbol majestuoso. Este primer árbol, creció y creció buscando la luz del sol. Pues en aquella época las nubes de polvo de las erupciones volcánicas impedían su paso. Pero este árbol encontró un rayo de luz y lo siguió hasta que superó la barrera de nubes. Allí creció a lo ancho  disipando las nubes que se encontraban debajo, creció incluso superando mares y volcanes, montañas y hielos.

Mientras crecía hacía arriba sus raíces también crecían abajo, extendiéndose en las profundidades de la tierra. Convirtiendo rocas en tierra, haciendo fértil lo que antes era estéril. Así que un día decidió tener descendencia y de sus hojas brotaron millones de semillas que fueron expandidas por su hermano el aire. En la nueva tierra fértil.

La Siembra

Sus ramas más bajas recogían el agua de lluvia y la repartía. Y  sus ramas más altas filtraban el fuego, de la luz solar, para que llegara lo justo y necesario. Así sus primeros hijos crecieron. Pero dependiendo de la dirección en la que se situaban crecían de una forma u otra. Así en el Este crecieron las primeras palmeras y arbustos, al Oeste crecieron los cactus y plantas más pequeñas. Al Norte grandes secuoyas y pinos que podían soportar los inviernos, al Sur cedros y retamas que se adaptaban al calor y al viento.

Todos eran felices y se comunicaban entre ellos. Gracias a su padre el gran árbol y a su madre la Tierra, podían saber de sus hermanos. Cada año repetían el proceso que su padre-madre les enseñó, lo más lejanos le contaban la historia del principio de la vida, a sus nuevos retoños. Y así pasó durante miles de años.

Pero un día, tras una gran nevada, el gran árbol desapareció y los descendientes se vieron separados por mares, barrancos y montañas. Siguieron su proceso pero la historia se fue olvidando. Pasados muchos años, ya no colaboraban tanto como antes, incluso disputaban tierras, tapando el sol los más altos a los más pequeños o quitándoles los nutrientes los más pequeños y rápidos en crecimiento, a las semillas lentas de los grandes árboles.

Tonantzín

La madre Tierra se entristeció con lo que pasaba y se refugiaba cada día más adentro, se quedaba en las profundidades de su hogar pues no la escuchaban como antes. Esto hizo que las semillas futuras, fueran más a lo suyo y no compartieran el espacio. Ese proceso fue en contra de todos, pues el caos reinó y el egoísmo resultó ser muy destructivo. Ya los árboles altos no protegían a los arbustos, éstos a su vez no producían el compost necesario para que los demás se alimentarán. Las flores escaseaban y los insectos,  que poblaban la Tierra, no tenían alimento ni polinizaban a otras flores.

Pachamama y los Cuatro Elementos

La madre preocupada salió de su refugio y pidió consejo al sol, a su hermano el aire y a su hermana el agua. Los cuatro se hermanaron para colaborar en las cuatro direcciones. Aconsejaron a la madre volver al origen, al lugar donde surgió el padre por primera vez y allí encontró una gran semilla. La simiente estaba deseando ser germinada, así que el aire, el agua y el fuego solar incidieron sobre ella, la tierra preparó su lecho.

Surgió de nuevo el árbol, no tan grande como el anterior pero si llevaba su sabiduría. Comenzaron a llegar nuevas semillas a esa tierra tan fértil, de distintos tipos de plantas y crecieron con abundancia. Reconocían otra vez que todas habían venido del mismo lugar, sabiendo que todas las plantas y todos los árboles tenían un origen común. Recuperaron la química de su lenguaje y de su origen. La vida proliferó otra vez amorosa, llena de luz y color, de sonrisas y paz.

Los niños en el aula se quedaron boquiabiertos. Conectando con esa historia tan bella, no entendían como esas semillas pudieron olvidar que eran hermanas, estaba tan claro. Pensaron, estúpidos árboles, no tienen cerebro como nosotros y claro no llevan memoria. Se olvidan de las cosas. No tienen internet para buscar la información y les pasó esto.

Reflexión

Tras dejar que los niños reflexionaran un poco, la maestra habló de nuevo:

–El mundo es como este círculo, señalando a la pizarra,  el árbol es como el lugar que habitamos. Las ramas serían los países, las hojas los pueblos y los tipos de árboles las razas. Los cuatro elementos aire, agua, fuego y tierra siempre están presentes en la naturaleza. Son comunes a todos los seres y nos unen. Las cuatro direcciones a veces nos distancian pero en otras ocasiones son caminos de unión, la vuelta a casa. Hay dos direcciones muy importantes más que salen en la historia, arriba y abajo. Crecer o perecer. Amar o luchar. Encontrar la luz o buscar la oscuridad.

Integración

Todos los niños se quedaron atónitos, sintiendo las palabras, algo en su interior los conectaba con aquella historia, como si la hubieran vivido.  Daban por ciertas, desde el corazón, las palabras de la maestra. Ya ninguno pensaba en la estupidez de los árboles, ni en que carecían de mente. Sino en lo malo que era el camino del egoísmo y se sentían avergonzados por su pelea anterior.

La profe al sentir que los niños entendían lo que pasaba siguió hablando.

–¿Sabéis quiénes serías vosotros dentro de esta historia?

Y los niños gritaron al unísono.

–¡Las semillas! rieron y se miraron asintiendo unos a otros, con sonrisas cómplices de comprensión. Después de aquel día aquella clase jamás volvió a separarse en pequeños grupos, todos se sentían parte de un gran colectivo. Incluso las pequeñas riñas disminuyeron, comenzaron a ponerse uno en el lugar del otro, a cambiar su dirección y compartir los terrenos que los unían.

Somos semillas estelares, polvo de estrellas, hay muchas creencias y religiones. Pero todos tenemos algo en común que nos une, la naturaleza. Compartamos el espacio que ella nos brinda.

Si quieres leer otro cuento de la web pincha este enlace https://wp.me/pavJP5-3L

Te dejamos un video interesante que enlaza con esta historia

https://www.youtube.com/watch?v=d8sTsBj2ZmY

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