Anxón el guardián de La Tierra

Anxón era un niño guanche, perdido en la historia, vivía en los montes de Candelaria.

No pasaban por él los años, seguía joven y guardaba ese espíritu risueño y creativo. Observaba en la lejanía de la montaña, a los nuevos ocupantes del valle. Se encontraba feliz en su mundo, jugando con las flores, los árboles y pájaros cantores. Era el último guardián del bosque, tenía en su poder la semilla de la vida. Un objeto tan antiguo como el mundo, transforma en amor y vida a las aguas que tocaba. Dando la inmortalidad y la capacidad de la invisibilidad a su portador. Su misión era mantenerla a salvo.

 

La semilla de la vida

Esperando el momento en que los humanos estuvieran preparados para recibir tan bella bendición. Anxón se mezclaba entre la gente, observando sus comportamientos, sus palabras y pensamientos. Pero no se dejaba ver, ni establecía comunicación directa. Pues hace ya 70 años unos hombres vestidos como soldados, con un símbolo de poder que le era familiar, trataron de engañarle y apoderarse de su semilla.  El con su habilidad, su onda y la magia que llevaba dentro pudo con ellos, pero desconocía que junto a los soldados venían tres brujos poderosos, salió malherido de aquel combate y se escondió en las cuevas secretas que llevan a los mundos interiores. En el Barranco de Badajoz, movió la palanca que solo con una magia pura abre la puerta a la ciudad de los antiguos y allí sanó.

Los Tres Brujos

Los brujos interrogaron con sus artes a los que eran sus amigos, torturaron y destrozaron el bosque hasta finalmente dar con la entrada. Perdieron años tratando de entrar en las cuevas pero su magia oscura no tenía poder allí. Y marcharon. Anxón cuando volvió a la superficie se quedó desolado, ya no tenía amigos humanos, ya su leyenda se había esfumado como una ligera brisa de mar. Buscó entonces refugio en su primer poblado donde esperar el momento propicio para volver a presentarse.

Años difíciles

El mundo pasó años duros y las esperanzas de Anxón se desvanecían, un tirano gobernó durante 40 años o más. Se talaban árboles, se provocaban incendios y humos nauseabundos salían de tubos diabólicos. Los vehículos que llevaban a los hombres también contaminaban por sus pequeños tubos ruidosos. No pintaba bien la cosa.

Pero todo cambió, retornó la paz, la gente volvió a apreciar la naturaleza, algunos miraban hacia dentro de ellos mismos. Hasta los coches parecían emitir menos gases aunque eran más cada día. Así que decidió mezclarse otra vez y un día decidió volver al centro de la Tierra para recuperar su semilla. La había guardado en el lugar más seguro que existe, en el mismo centro del núcleo. Era un viaje largo de ida y vuelta. Que solo se puede hacer por portales que se abren en determinadas fechas.

Vuelta a casa

Al regresar, tras cinco años de viaje, se llevó una terrible decepción. Ahora un enemigo nuevo ahogaba la percepción de los hombres.

Estos llevaban voluntariamente a su carcelero, incluso los niños ya no jugaban entre ellos. Todos eran presos que no disfrutaban de la brisa fresca, del aroma de las plantas, de los dibujos de las nubes. No levantaban la cabeza para observar el espectáculo de las estrellas o bendecir a Ben Magec al Este en la mañana. Como hacían los antiguar para saludar y alimentarse del padre Sol.

Estaban derrotados, habían sucumbido a un terrible hechizo de magia negra. Pues parecía que sus cadenas eran voluntarias, lanzó su magia y rebotaba en los artilugios que llevaban en las manos. Estos emitían sonidos, palabras, los presos hablaban a través de ellos.  Los miraban fijamente y a veces los guardaban dentro de sus ropas como si explotaran en caso de separarse unos metros de ellos. Bloqueaban el ritmo normal del corazón con unas ondas que emitían en unas frecuencias dañinas. Su magia de sanación partía del corazón y del poder interior de cada ser, despertaba esos caminos y ese conjuro dañino le impedía tal paso.

Hasta pudo observar que los amantes dejaban las miradas pecaminosas y cómplices de amor o incluso lujuria por mirar dibujos en aquellos rectángulos mágicos carceleros de almas. Eran sin duda artefactos de un poder oscuro.

En busca del Brujo

¿Cómo era posible? ¿Qué gran brujo oscuro había lanzado hechizo tan poderoso y maléfico?

Tenía que dar con el brujo y derrotarlo. Así que cargó su bolsa de plantas, flores y conjuros mágicos. Pidió bendición a las hadas y duendes para emprender un nuevo camino. Esta vez no huiría, ni perdería años en un nuevo viaje para pedir ayuda a los maestros del centro de La Tierra. Afrontaría su destino de guardián. Se adentrará en las ciudades para destruir al brujo demoníaco que encarcela los corazones.

Anxón se vistió con sus mejores galas. De colosal estatura para ser un niño milenario, lucía robusto, su cabeza venerable estaba adornada por cabellos trigueños ondulados de mágicas puntas. Su frente una vez despejada, dejaba entrever el espacio del tercer ojo dorado y bajo sus arqueadas cejas aparecían sus almendrados ojos verdes. El conjunto de su mirada transmitía una energía bondadosa y apacible, de audacia y tristeza por el pesar de dejar momentáneamente a sus compañeros del bosque, otra vez.

Cargó también su báculo donde estaba injertada la semilla divina. Y llamó con esta a un gran águila. Se subió encima de ella, sobrevoló la carretera que llevaba a la ciudad pegado a la costa. Pudo observar que hasta en los pequeños pueblos, los hombres llevaban el diabólico aparatejo candado en las manos, algunos hasta dentro de sus coches continuaban atrapados por él.

Anxón activa su tercer ojo

Fijó su vista interna entonces en las auras de los hombres. No se sorprendió al ver como el aparato destruía también la conexión con los vehículos superiores. Cortes en el campo bio magnético que los protegía permitían la entrada de seres del bajo astral que se alimentaban de emociones negativas.

La culpabilidad, la ira, rabia y frustración eran sus preferidas. Mientras que huían del creativo, animosos, desafiante, alegre y soñador. Fue en ese momento en el que se dio cuenta. Para esta gran campaña contra fenomenal adversario, sería mejor proveerse de su propio ejército de colaboradores.

El mundo había cambiado, desconocía los ritos, costumbres y formas de trato de la ciudad. Por si fuera poco el maleficio parecía un virus que se había extendido por todas partes, necesitaba aliados.

Así que buscó seres que fuesen capaces de dejar a un lado, a los artilugios malditos. Personas que miraran a los ojos, que tuvieran la cabeza erguida para mirar al cielo.

Su búsqueda comenzó en la ciudad y en la lejanía, en la terraza de un gran edificio observó un aura magnífica, llena de vida y alegría. Era un muchacho distinto, llevaba el pelo rizado y largo, algo descuidado pero con carácter, su cabeza permanecía ladeada, ocultando una sonrisa. Su brazo izquierdo se retorcía encogido. Sujetando una especie de panel blanco. En el derecho más suelto y musculado blandía con destreza un pincel, hacía trazos perfectos y curvos de las figuras que simulaban las nubes. Daba efectos a su pintura donde se podía apreciar el viento. Copiaba el  paisaje de las imágenes de su corazón pues en él solo había árboles, olas y flores que recogían amantes enamorados del amor y de la tierra.

Las apariencias engañan

Anxón ya a su lado presenció cómo estaba el muchacho sujeto a un artilugio con ruedas. Este artilugio le permitía moverse. Las piernas del muchacho eran escuálidas, raquíticas y carentes de fuerza. Sin Embargo tenía una fuerte conexión a la tierra. Su chakra base funcionaba a la perfección y el corona conectaba con el cielo. Aquel ser rebosante de bondad hacía un trabajo maravilloso en la sombra, líneas de energía discurrían por su ser y traían intercambios de códices amorosos del sol y la luna a la Tierra.

Tocó todavía sin revelarse el hombro del muchacho y se comunicó primero con su alma, esta le dijo que fue su elección estar así para realizar su tarea. Sostenía líneas de energías entre puntos neurálgicos del planeta en la isla bendita. Y aunque su mente humana funcionaba a destiempo debido a la carga de trabajo, podía percibir todo y su mano derecha que en otra vida fuera de gran pintor, seguía ágil y dócil a su corazón. Le contó a Anxón que últimamente algo dificultaba su trabajo y le dio permiso para abrirse a su presencia.

Anxón dejó ver su figura, a lo que Emilio respondió con una sonrisa juguetona y cándida. Le contó lo que le sucedía a la gente, su misión como guardián y que ahora en el momento de elevar la consciencia, su semilla no llegaba a penetrar en los corazones de todos los hombres. Emilio instó a Anxón a buscar una posible conexión entre la señal de ese maleficio y las interferencias que sufrían los campos biomagnéticos que él cuidaba. Era una buena pista.

El camino de migas de pan

Anxón voló de nuevo siguiendo el rastro energético de la señal que emitía Emilio, ascendió a mil  setecientos metros de altura. La isla se iba haciendo cada vez más pequeña, casi podía verla en su totalidad, ahí divisaba correctamente la malla de energía que iba de montaña a montaña. De roque a pico, de los barrancos hacia el mar. Y como otras salían de las cuevas que se unían en las profundidades de los tubos volcánicos. Entonces se dio cuenta de que en algunas montañas y barrancos había interferencias, picos de frecuencia diferentes que obstaculizaban el paso de la energía de amor. Fue hasta uno de esos lugares y siguió la otra señal, la que descontrolaba el sistema. Salía de unas torretas metálicas que acababan en un gigantesco tambor, algo deformado.

Ese tambor emitía una magia vibratoria que se dirigía a las ciudades y se parecía mucho a la tenían los artilugios negros que portaban las personas. Había dado con el sistema que empleaba el brujo oscuro para propagar el maleficio. Pero también pudo ver que eran cientos de tambores los que distribuían la señal y esto no iba a ser tan fácil como destruir uno o dos. Si bien lo podía hacer, en lo que se iba a por los demás, el brujo podría enviar a alguien a remplazarlo y el se arriesgaba a ser descubierto y atacado. Si además tenía que defenderse no podría hacer su labor.

Completando su ejército

El niño no se vino abajo siguió sobrevolando la ciudad, en los colegios de los niños más pequeños observó que no había llegado la magia negra, los niños podrían ser grandes aliados para emitir una señal fuerte con su semilla. Pero antes debía inutilizar la magia carcelera.

A lo lejos rayos de energía violeta tintineaban, voló hacia la señal y se dirigió a una plaza donde varios pintores dibujaban paisajes. Los artistas no estaban muy hechizados, podrían ser buenos colaboradores pero era muy arriesgado mostrarse. A lo lejos contemplando las pinturas y los árboles, una señora mayor recitaba versos de poetas antiguos y suyos propios. Era la emisora de aquella luz poderosa, estaba llena de amor, llevaba a su lado uno de los aparatos pero por su fuerza o la piedra negra que tenía insertada, el aparato no le afectaba.

La mujer le recordaba a su abuela, que emprendió hace cientos de años el gran viaje. Esto le produjo sentimientos contrapuestos de ternura y añoranza. Como con Emilio primero hizo un acercamiento de ser a ser. Luego se dejó ver y entabló conversación con Marga, la abuela. Después de contarle sus andanzas y lo necesario de su misión, le consultó a la señora por el lugar donde se ocultaba el brujo para encontrarlo y acabar con él.  Marga muy apasionada le habló.

–Si bien estoy de acuerdo contigo Anxón y siento que tu intervención con la semilla es muy necesaria. No es un brujo el que lanzó este hechizo. Es voluntaria la dependencia de los humanos. La tecnología que inventaron para facilitar la vida y la comunicación, ha hecho presa en el sistema siendo mal usada como método de presión. Obliga, acentúa el estrés, las prisas, los malos entendidos y se convierte en un vicio, en necesidad continua. En provocadora de accidentes y enfermedades–explicó Marga enseñándole el móvil.

La estrategia

–¿Y qué podemos hacer? ¿Cómo podemos desconectar todos esos aparatos a la vez, o todas las señales?–preguntó Anxón

–Habría que desconectar la fuente de alimentación que la sostiene, aunque eso dificultaría otros aparatos que ayudan a las personas, la luz, los hospitales. No sería bueno, tendrías que desconectar solo la de los aparatos– contestó Marga.

–¡Tiene que haber alguna forma!

–¿Y si usaras su frecuencia para enviar tu señal?

Anxón se quedó meditando, para realizar tan gran tarea necesitaría la ayuda de muchos seres que impulsen su energía para que la semilla emitiera la señal durante un buen rato en esa frecuencia, eso sería valerse de la red enemiga para un buen fin.

–¡Es una gran idea!, gritó Anxón.

Mañana por la noche es luna llena, la energía será más fuerte, necesito que movilices a todas las abuelas para que pongan un rezo y una vela mañana a las 20 horas, deseando que la consciencia humana ascienda y que la semilla del amor de la Tierra llegue a todos los hombres. Yo por mi parte movilizaré a todos los niños de la ciudad.

El ataque final

Anxón reclutó a los pintores, a los niños, a los peques de las guarderías y avisó a Emilio para que pidiera ayuda al cielo y a la Madre Tierra. Así cuando salió la luna desde la montaña más alta Anxón emitió su señal apuntando a los repetidores de los móviles. La semilla recibía energía de muchos puntos, hilos invisibles recargaban su poder y sostenía su señal. La misma llegó a todos los aparatos de la ciudad e incluso más allá. Los afortunados que recibían la señal observaban primero extrañados su móvil, de un llamado nuevo. Cuando lo cogían una vibración  esponjosa subía por su cuerpo, refrescando su alma, aumentando su consciencia. Incluso a los que estaban en ese momento alejados de los aparatos sentían un pitido en los oídos.

A partir de ese día la gente en aquella ciudad se detenía más a mirar a los otros, dejaba por momentos apagados sus aparatos móviles, contemplaba la belleza del paisaje, la sonrisa de los niños y el trinar de los pájaros. Sonreían y se sentían mejor.

Dado el éxito del experimento, Anxón a partir de ese día recorre todas las ciudades del mundo, lanzando los días de luna llena su señal. Así que si quieres ayudarlo los días de luna llena. Pide al Universo que la semilla del amor eleve la consciencia humana, para que así todos seamos mejores seres y cuidemos La Tierra.

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